
Historias
Veamos hoy en dia las cosas que nos determinan como personas netamente condicionadas, con la particularidad que esas condiciones las implementamos nosotros mismos y si no profundisamos mas alla de la cuestion, vivis una vida de dependencia constante de esos actos condicionante, que nos llevan a ser personas, y no individuos, que son completamente mecanicos. Somos basicamente personas que hacemos tales actos, para recibir cual o tal sensacion y no llegamos a vivenciar lo que realmente es. Lamentablemente cuando uno llega a cierta consciencia de una mismo se da cuenta lo cuan condicionado que estaba y empieza a razonar y comprender la totalidad como una union indivisible de donde surge evidentemente la nocion de individuo, esto obviamente no deviene de una formula para vivir en armonia con uno mismo y con el todo, deviene de un entendimiento total de lo que nos rodea, entre eso se podria nombrar la accion del miedo, el orgullo, la voluntad de ser, la humildad etc etc. Ahora es muy interesante ver el proceso que uno lleva dentro cuando se da cuenta de ciertas cosas que lo condicionan, y no busca ni negar ni aceptar su condicion, sino comprender su proceso total de raiz. Todos somos conscientes que cuando entramos en ese estado vemos la verdad de las cosas tal cual son, lo que nos aleja de esa consciencia interior, es el mismo miedo, el miedo a dejar de Ser, el miedo a pasar por aquella puerta en la que dejaremos atras sin duda, la avaricia, el sufrimiento, el amor ese mundano que creemos tener, el propio miedo, las sensaciones que tenemos dia a dia que nos condicionan aun mas, el temer no ser una persona reidora, una persona alegre, ¿pero sabemos realmente que es la alegria?, lo que si sabemos que la alegria no es, el estar burlandose de otra persona por su condicion, creo que muy dentro tememos de tantos cambios, somos un miedo enorme, vuelvo a decir, tenemos miedo de dejar de Ser. Lo interesante es que seguimos en lo mismo, y criticamos constatemente la vida en casos particulares o totales, lo que rescato es que de eso que nos quejamos, es lo que anteriormente hemos aceptado como modelo de vida, para nuestras vidas. El ejemplo que viene a la mente, es el conocido de la aceptacion de un modelo netamente capitalista en donde vemos las deficiencias y aun asi las aceptamos, me refiero a la compra execiva de articulos de entretenimiento que aun sabiendo la falla que contraen de fabrica, aun asi lo adquirimos y cuando ese instrumento condicionante deja de funcionar, nos enojamos, no peleamos entre nosotros, porque creemos que nos han engañado, y lo particular es no darnos cuenta que nosotros mismos, no otro, nos ha engañado. Es gustoso que quede presente que nosotros elegimos la vida que tenemos y que tenemos tanto la fuerza para cambiar ese entorno, comenzando desde un conocimiento de uno mismo, hasta la comprension a la par del todo que nos rodea.
LA MEDITACIÓN
HABÍA PRACTICADO durante cierto número de años lo que llamaba meditación; había seguido determinadas disciplinas después de leer algunos libros sobre la materia, y había estado en un monasterio de cierta clase, en el que se meditaba varias horas por día. No parecía sentimental, ni estaba aturdido por los tormentos del autosacrificio. Decía que, aunque después de esos muchos años había llegado a controlar la mente, a veces todavía escapaba a su control; que no había alegría en su meditación; y que las disciplinas autoimpuestas lo estaban haciendo más bien rígido y seco. En el fondo estaba francamente descontento con todo eso. Había pertenecido a varias de las llamadas sociedades religiosas, pero ahora había terminado con todas ellas y buscaba independientemente el Dios que todas prometían. Estaba entrando en años y empezaba a sentirse un poco cansado.
La verdadera meditación es esencial para purgar la mente, pues sin vaciar la mente no puede haber renovación. La mera continuidad es decadencia. La mente se deteriora por la constante repetición, por la fricción del mal uso, por las sensaciones que terminan por embotarla y fatigarla. El control de la mente no es importante; lo importante es descubrir los intereses de la mente. La mente es un manojo de intereses en conflicto, y el mero fortalecimiento de un interés contra otro es lo que llamamos concentración, el proceso de la disciplina. La disciplina es cultivo de la resistencia, y donde hay resistencia no hay comprensión. Una mente bien disciplinada no es una mente libre, y es únicamente en la libertad que puede hacerse cualquier descubrimiento. Debe haber espontaneidad para descubrir los movimientos del “yo”, sea cual fuere el nivel en que esté situado. Aunque puede haber descubrimientos desagradables, los movimientos del “yo” deben ser expuestos y comprendidos; pero las disciplinas destruyen la espontaneidad que permite hacer los descubrimientos. Las disciplinas, por estrictas que sean, fijan la mente en un molde. La mente se ajustará a aquello para lo cual ha sido entrenada; pero eso a lo que se ajusta no es lo real. Las disciplinas son meras imposiciones y por eso jamás pueden ser medios para la denudación. Mediante la disciplina la mente puede fortalecerse a sí misma en su propósito; pero este propósito es autoproyectado y por lo tanto no es lo real. La mente crea la realidad a su propia imagen y semejanza, y las disciplinas simplemente dan vitalidad a esa imagen.
Unicamente en el descubrimiento puede haber alegría —el descubrimiento de las modalidades del “yo” de instante en instante. El “yo”, en cualquier nivel que esté colocado, siempre es de la mente. Todo lo que la mente puede pensar es de la mente. La mente no puede pensar en algo que no sea de ella misma; no puede pensar en lo desconocido. El “yo”, en cualquier nivel es lo conocido; y aunque pueden existir capas del “yo” que pasan inadvertidas para la mente superficial, ellas siguen estando todavía dentro del campo de lo conocido. Los movimientos del “yo” se revelan en la acción de la convivencia; y cuando la convivencia no está confinada dentro de una norma, da oportunidad a la autorrevelación. La convivencia es la acción del “yo”, y para comprender esta acción debe haber alerta percepción sin opción; porque elegir es acentuar un interés contra otro. Esta percepción es la vivencia de la acción del “yo”, y en esta vivencia no existe el experimentador ni lo experimentado. Así la mente es vaciada de sus acumulaciones; no existe entonces el “yo”, el acopiador. Las acumulaciones, las memorias almacenadas son el “yo”; el “yo” no es una entidad separada de las acumulaciones. El “yo” se separa a sí mismo de sus características como el observador, el vigía, el contralor, con el fin de salvaguardarse, para darse continuidad en medio de lo impermanente. La vivencia del proceso unitario integral libera la mente de su dualismo. Así el proceso total de la mente, tanto el visible como el oculto, es vivenciado y comprendido —no parte por parte, no actividad por actividad, sino en su totalidad. Entonces los sueños y las actividades cotidianas son siempre un proceso de vaciado. La mente debe estar completamente vacía para recibir; pero el ansia de hallarse vacía con el fin de recibir es un impedimento hondamente arraigado, y esto también debe ser comprendido completamente, no en algún nivel particular. El ansia de experimentar debe cesar enteramente, lo que sucede sólo cuando el experimentador no se alimenta a sí mismo a base de experiencias y de sus recuerdos.
La expurgación de la mente debe realizarse no sólo en sus niveles superficiales, sino también en sus ocultas profundidades; y esto sólo puede ocurrir cuando el proceso de nombrar o determinar llega a su fin. El nombrar sólo fortalece y da continuidad al experimentador, al deseo de permanencia, a las características de la memoria particularizaste. Debe haber una silenciosa percepción del nombrar, para que así pueda ser comprendido. Nombramos no sólo para comunicarnos, sino también para dar continuidad y sustancia a una experiencia, para revivir y repetir sus sensaciones. Este proceso de nombrar debe cesar, no sólo en las capas superficiales de la mente, sino a través de toda su estructura. Esta es una ardua tarea, en la que no es posible comprender fácilmente o experimentar a la ligera; pues la totalidad de nuestra conciencia es un proceso de nombrar o determinar experiencias, para luego almacenarlas y registrarlas. Es este proceso que alimenta y fortalece a la entidad ilusoria, al experimentador como ente distinto y separado de la experiencia. Sin pensamientos no hay pensador. Los pensamientos crean al pensador, que se aísla a sí mismo para darse permanencia; pues los pensamientos son siempre transitorios.
Hay liberación cuando el ser en su totalidad, en lo superficial tanto como en lo oculto, es purificado del pasado. La voluntad es deseo; y si existe cualquier movimiento de la voluntad, cualquier esfuerzo para ser libre, para desnudarse a sí misma, entonces jamás podrá haber liberación, la purificación del ser en su totalidad. Cuando todas las diversas capas de la conciencia estén quietas, completamente tranquilas, sólo entonces está presente lo inconmensurable, la bienaventuranza que no es del tiempo, la renovación de la creación.
La verdadera meditación es esencial para purgar la mente, pues sin vaciar la mente no puede haber renovación. La mera continuidad es decadencia. La mente se deteriora por la constante repetición, por la fricción del mal uso, por las sensaciones que terminan por embotarla y fatigarla. El control de la mente no es importante; lo importante es descubrir los intereses de la mente. La mente es un manojo de intereses en conflicto, y el mero fortalecimiento de un interés contra otro es lo que llamamos concentración, el proceso de la disciplina. La disciplina es cultivo de la resistencia, y donde hay resistencia no hay comprensión. Una mente bien disciplinada no es una mente libre, y es únicamente en la libertad que puede hacerse cualquier descubrimiento. Debe haber espontaneidad para descubrir los movimientos del “yo”, sea cual fuere el nivel en que esté situado. Aunque puede haber descubrimientos desagradables, los movimientos del “yo” deben ser expuestos y comprendidos; pero las disciplinas destruyen la espontaneidad que permite hacer los descubrimientos. Las disciplinas, por estrictas que sean, fijan la mente en un molde. La mente se ajustará a aquello para lo cual ha sido entrenada; pero eso a lo que se ajusta no es lo real. Las disciplinas son meras imposiciones y por eso jamás pueden ser medios para la denudación. Mediante la disciplina la mente puede fortalecerse a sí misma en su propósito; pero este propósito es autoproyectado y por lo tanto no es lo real. La mente crea la realidad a su propia imagen y semejanza, y las disciplinas simplemente dan vitalidad a esa imagen.
Unicamente en el descubrimiento puede haber alegría —el descubrimiento de las modalidades del “yo” de instante en instante. El “yo”, en cualquier nivel que esté colocado, siempre es de la mente. Todo lo que la mente puede pensar es de la mente. La mente no puede pensar en algo que no sea de ella misma; no puede pensar en lo desconocido. El “yo”, en cualquier nivel es lo conocido; y aunque pueden existir capas del “yo” que pasan inadvertidas para la mente superficial, ellas siguen estando todavía dentro del campo de lo conocido. Los movimientos del “yo” se revelan en la acción de la convivencia; y cuando la convivencia no está confinada dentro de una norma, da oportunidad a la autorrevelación. La convivencia es la acción del “yo”, y para comprender esta acción debe haber alerta percepción sin opción; porque elegir es acentuar un interés contra otro. Esta percepción es la vivencia de la acción del “yo”, y en esta vivencia no existe el experimentador ni lo experimentado. Así la mente es vaciada de sus acumulaciones; no existe entonces el “yo”, el acopiador. Las acumulaciones, las memorias almacenadas son el “yo”; el “yo” no es una entidad separada de las acumulaciones. El “yo” se separa a sí mismo de sus características como el observador, el vigía, el contralor, con el fin de salvaguardarse, para darse continuidad en medio de lo impermanente. La vivencia del proceso unitario integral libera la mente de su dualismo. Así el proceso total de la mente, tanto el visible como el oculto, es vivenciado y comprendido —no parte por parte, no actividad por actividad, sino en su totalidad. Entonces los sueños y las actividades cotidianas son siempre un proceso de vaciado. La mente debe estar completamente vacía para recibir; pero el ansia de hallarse vacía con el fin de recibir es un impedimento hondamente arraigado, y esto también debe ser comprendido completamente, no en algún nivel particular. El ansia de experimentar debe cesar enteramente, lo que sucede sólo cuando el experimentador no se alimenta a sí mismo a base de experiencias y de sus recuerdos.
La expurgación de la mente debe realizarse no sólo en sus niveles superficiales, sino también en sus ocultas profundidades; y esto sólo puede ocurrir cuando el proceso de nombrar o determinar llega a su fin. El nombrar sólo fortalece y da continuidad al experimentador, al deseo de permanencia, a las características de la memoria particularizaste. Debe haber una silenciosa percepción del nombrar, para que así pueda ser comprendido. Nombramos no sólo para comunicarnos, sino también para dar continuidad y sustancia a una experiencia, para revivir y repetir sus sensaciones. Este proceso de nombrar debe cesar, no sólo en las capas superficiales de la mente, sino a través de toda su estructura. Esta es una ardua tarea, en la que no es posible comprender fácilmente o experimentar a la ligera; pues la totalidad de nuestra conciencia es un proceso de nombrar o determinar experiencias, para luego almacenarlas y registrarlas. Es este proceso que alimenta y fortalece a la entidad ilusoria, al experimentador como ente distinto y separado de la experiencia. Sin pensamientos no hay pensador. Los pensamientos crean al pensador, que se aísla a sí mismo para darse permanencia; pues los pensamientos son siempre transitorios.
Hay liberación cuando el ser en su totalidad, en lo superficial tanto como en lo oculto, es purificado del pasado. La voluntad es deseo; y si existe cualquier movimiento de la voluntad, cualquier esfuerzo para ser libre, para desnudarse a sí misma, entonces jamás podrá haber liberación, la purificación del ser en su totalidad. Cuando todas las diversas capas de la conciencia estén quietas, completamente tranquilas, sólo entonces está presente lo inconmensurable, la bienaventuranza que no es del tiempo, la renovación de la creación.
LA RADIO Y LA MÚSICA
ES OBVIO QUE la música radiada es una maravillosa evasión. En la casa vecina, mantenían el aparato en marcha todo el día y hasta muy entrada la noche. El padre iba muy temprano a la oficina. La madre y la hija trabajaban en la casa o en el jardín, y cuando trabajaban en el jardín la radio sonaba estrepitosamente Aparentemente el hijo también gustaba de la música y de los avisos comerciales, porque cuando estaba en la casa la radio continuaba exactamente en la misma forma. Mediante la radio se puede escuchar incesantemente toda clase de música, desde lo clásico a lo más moderno; se pueden oír misteriosas comedias, noticias y todas las cosas que se radian constantemente. No se necesita ninguna conversación, ningún intercambio de pensamiento, porque la radio lo hace casi todo por vosotros. Dicen que la radio ayuda a los estudiantes a estudiar; y que las vacas dan más leche cuando se hace música al ordeñarlas.
Lo más notable en todo esto es que la radio parece alterar muy poco el curso de la vida. Puede ser que nos proporcione algunas pequeñas comodidades más; podemos tener más rápidamente las noticias mundiales y escuchar una descripción más vívida de los crímenes; pero la información no nos hará inteligentes. La pormenorizada exposición de informaciones sobre los horrores de la bomba atómica, sobre las alianzas internacionales, las investigaciones sobre la clorofila, etc., no parecen producir ninguna diferencia fundamental en nuestra vida. Somos tan belicosos como siempre, odiamos a algún otro grupo de gente, despreciamos a este líder político y apoyamos aquel otro, seguimos siendo engañados por las religiones organizadas, somos nacionalistas, y nuestras miserias continúan; estamos absortos en las evasiones, y tanto más cuanto más respetables parecen y mejor organizadas están. La evasión colectiva es la más alta forma de seguridad. Enfrentando lo que es, algo podemos hacer a su respecto; pero el escapar de lo que es, inevitablemente nos hace estúpidos y embotados, esclavos de la sensación y de la confusión.
¿No nos ofrece la música, en forma muy sutil, un feliz alivio de lo que es? La buena música nos transporta lejos de nosotros mismos, de nuestras tristezas, pequeñeces y ansiedades cotidianas, nos hace olvidar; o nos infunde valor para enfrentar la vida, nos inspira, nos vigoriza y nos tranquiliza. En todo caso, ya sea como medio de olvido o como fuente de inspiración, la música se convierte en una necesidad. Depender de la belleza y evitar lo feo es una evasión que se convierte en una tortura si algo la interrumpe. Cuando la belleza se torna necesaria para nuestro bienestar, entonces cesa la vivencia y empieza la sensación. El instante de vivencia es totalmente diferente de la búsqueda de sensación. En la vivencia no hay percepción del experimentador y de sus sensaciones. Cuando la vivencia concluye, entonces comienzan las sensaciones del experimentador; y son estas sensaciones que el experimentador requiere y persigue. Cuando las sensaciones se convierten en una necesidad, entonces la música, el río, la pintura sólo son un medio para obtener nuevas sensaciones. Las sensaciones se convierten en el elemento predominante, y no la vivencia. El vehemente deseo de repetir una experiencia proviene de esa demanda de sensación; y mientras las sensaciones pueden ser repetidas, la vivencia en cambio no puede repetirse.
Es el deseo de sensación lo que crea nuestro apego a la música, a la belleza. La dependencia de las cosas y las formas exteriores sólo demuestra la vacuidad de nuestro propio ser, que llenamos con música, con arte, con deliberado silencio. Es porque invariablemente llenamos o encubrimos este vacío con sensaciones que existe el perpetuo miedo de lo que es, de lo que somos. Las sensaciones tienen un principio y un fin, pueden ser repetidas y prolongadas; pero la vivencia no está dentro de los límites del tiempo. Lo esencial es la vivencia, que está ausente en la persecución de sensación. Las sensaciones son limitadas, personales, son causa de conflicto y sufrimiento; pero la vivencia, que es totalmente diferente de la repetición de una experiencia, no tiene continuidad. Unicamente en la vivencia hay renovación, transformación.
Lo más notable en todo esto es que la radio parece alterar muy poco el curso de la vida. Puede ser que nos proporcione algunas pequeñas comodidades más; podemos tener más rápidamente las noticias mundiales y escuchar una descripción más vívida de los crímenes; pero la información no nos hará inteligentes. La pormenorizada exposición de informaciones sobre los horrores de la bomba atómica, sobre las alianzas internacionales, las investigaciones sobre la clorofila, etc., no parecen producir ninguna diferencia fundamental en nuestra vida. Somos tan belicosos como siempre, odiamos a algún otro grupo de gente, despreciamos a este líder político y apoyamos aquel otro, seguimos siendo engañados por las religiones organizadas, somos nacionalistas, y nuestras miserias continúan; estamos absortos en las evasiones, y tanto más cuanto más respetables parecen y mejor organizadas están. La evasión colectiva es la más alta forma de seguridad. Enfrentando lo que es, algo podemos hacer a su respecto; pero el escapar de lo que es, inevitablemente nos hace estúpidos y embotados, esclavos de la sensación y de la confusión.
¿No nos ofrece la música, en forma muy sutil, un feliz alivio de lo que es? La buena música nos transporta lejos de nosotros mismos, de nuestras tristezas, pequeñeces y ansiedades cotidianas, nos hace olvidar; o nos infunde valor para enfrentar la vida, nos inspira, nos vigoriza y nos tranquiliza. En todo caso, ya sea como medio de olvido o como fuente de inspiración, la música se convierte en una necesidad. Depender de la belleza y evitar lo feo es una evasión que se convierte en una tortura si algo la interrumpe. Cuando la belleza se torna necesaria para nuestro bienestar, entonces cesa la vivencia y empieza la sensación. El instante de vivencia es totalmente diferente de la búsqueda de sensación. En la vivencia no hay percepción del experimentador y de sus sensaciones. Cuando la vivencia concluye, entonces comienzan las sensaciones del experimentador; y son estas sensaciones que el experimentador requiere y persigue. Cuando las sensaciones se convierten en una necesidad, entonces la música, el río, la pintura sólo son un medio para obtener nuevas sensaciones. Las sensaciones se convierten en el elemento predominante, y no la vivencia. El vehemente deseo de repetir una experiencia proviene de esa demanda de sensación; y mientras las sensaciones pueden ser repetidas, la vivencia en cambio no puede repetirse.
Es el deseo de sensación lo que crea nuestro apego a la música, a la belleza. La dependencia de las cosas y las formas exteriores sólo demuestra la vacuidad de nuestro propio ser, que llenamos con música, con arte, con deliberado silencio. Es porque invariablemente llenamos o encubrimos este vacío con sensaciones que existe el perpetuo miedo de lo que es, de lo que somos. Las sensaciones tienen un principio y un fin, pueden ser repetidas y prolongadas; pero la vivencia no está dentro de los límites del tiempo. Lo esencial es la vivencia, que está ausente en la persecución de sensación. Las sensaciones son limitadas, personales, son causa de conflicto y sufrimiento; pero la vivencia, que es totalmente diferente de la repetición de una experiencia, no tiene continuidad. Unicamente en la vivencia hay renovación, transformación.
Autor : Jiddu Krishnamurti
Foto : The Cherry Tree by `Gwarf
Foto : The Cherry Tree by `Gwarf